viernes, 30 de diciembre de 2011

Norwegian wood

–Es muy, muy profundo –decía Naoko escogiendo cuidadosamente las palabras. Ella hablaba así a veces: muy despacio, buscando los términos adecuados–. Es muy profundo. Pero nadie sabe dónde se encuentra. Claro que está por allí, en algún sitio. Eso es seguro.

Y, con las manos embutidas en los bolsillos de su chaqueta de tweed, se volvió hacia mí y me sonrió como diciendo: «¡Es verdad!».

–Tiene que ser muy peligroso –comenté–. Hay un pozo muy hondo por alguna parte. Pero nadie sabe encontrarlo. Si alguien se cae dentro, está perdido.

–Pues sí, está perdido. ¡Catapún! Y se acabó.

–¿Y eso ocurre?

–Quizás una vez cada dos o tres años. Alguien desaparece de repente, y por más que lo busquen no lo encuentran. Entonces la gente de por aquí dice: «Se habrá caído dentro del pozo».

–¡Vaya! No es una muerte muy agradable que digamos.

–¡Oh, no! Es una muerte horrible –dijo Naoko sacudiéndose con la mano unas briznas de hierba de la chaqueta–. Si te rompes el cuello y te mueres sin más, todavía, pero si resulta que sólo te tuerces el tobillo, o algo parecido, estás perdido. Por más que grites, nadie va a oírte, no hay esperanza alguna de que nadie te encuentre, los ciempiés y las arañas pululan a tu alrededor, el suelo está lleno de huesos de personas que han muerto allá dentro, todo está oscuro, húmedo… Y allá arriba se dibuja un pequeño círculo de luz parecido a la luna en invierno. Y tú vas muriéndote allí, solo.

–Si lo pienso se me ponen los pelos de punta –dije–. Alguien tendría que buscarlo y poner un cercado.

–Pero nadie puede encontrarlo. Así que ten cuidado y no te apartes del camino.

–No temas. No lo haré.

Naoko sacó la mano izquierda del bolsillo y agarró la mía.

–Pero a ti no te pasará nada. Tú no tienes por qué preocuparte. Aunque andaras por aquí de noche con los ojos cerrados, tú jamás te caerías dentro. Seguro. Y a mí, mientras esté contigo, tampoco me pasará nada.

–¿Jamás?

–Jamás.

–¿Y cómo lo sabes?

–Lo sé. –Naoko asió mi mano con fuerza. Luego siguió andando un rato en silencio–. Yo estas cosas las sé muy bien. No sé por qué, pero las siento, y punto. Por ejemplo, ahora que estoy agarrada a ti con fuerza, no tengo miedo. Nada puede hacerme daño.

[...]

–Ven. El pozo puede estar por aquí cerca –le advertí a sus espaldas.

Naoko se detuvo, me sonrió y me tomó del brazo. Recorrimos el resto del camino el uno junto al otro.

–¿No me olvidarás jamás? –me preguntó en un susurro.

–Jamás te olvidaré. No podría hacerlo.

[...]

Tiempo atrás, cuando todavía era joven y mis recuerdos eran mucho más nítidos que ahora, intenté escribir varias veces sobre Naoko. Pero entonces fui incapaz de escribir una sola línea. Era consciente de que una vez brotara la primera frase, las restantes fluirían espontáneamente, pero ésta jamás brotó. Todo era demasiado nítido, y yo nunca supe cómo moldearlo. El mapa más detallado puede no servirnos en algunas ocasiones por esta misma razón. Pero ahora lo sé. En definitiva –así lo creo–, lo único que puedo verter en este receptáculo imperfecto que es un texto son recuerdos imperfectos, pensamientos imperfectos. Y cuanto más ha ido palideciendo el recuerdo de Naoko, más capaz he sido de comprenderla. Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por supuesto, ella intuía que mi memoria iría borrándose algún día. Por eso me lo pidió: «No me olvides nunca. Recuerda que he existido».

Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable. Porque Naoko jamás me amó.

martes, 27 de diciembre de 2011

Que no

Que no

y que no.


Que no exijas.